«La belleza de la fe está en el abandono en Dios»

El prelado celebró la santa misa en el primer aniversario del fallecimiento de Mons. Javier Echevarría, su predecesor al frente del Opus Dei. Ofrecemos la homilía y una galería de fotos.

Homilías
Opus Dei - «La belleza de la fe está en el abandono en Dios» Fieles que participaron en la misa en el primer aniversario del fallecimiento de Mons. Javier Echevarría.

Homilía de la misa de difuntos en el primer aniversario del fallecimiento de Mons. Javier Echevarría

Basílica de san Eugenio, 12 diciembre 2017

[Lecturas: Sab 3,1-9; Sal 129; Rm 14, 7-9. 10c-12; Jn 11,21-27]

Las almas de los justos están en manos de Dios (cf. Sab 3,1). Este pasaje de la Escritura, que introduce hoy la liturgia de la Palabra, nos mueve a recordar con agradecimiento a Mons. Javier Echevarría. Esa firme convicción era vida de su vida, y la ponía de manifiesto con frecuencia. Se lo señaló, pocos días antes de su fallecimiento, el médico que durante muchos años lo había atendido: “Como usted nos ha dicho tantas veces, Padre —le decía—, estamos en las manos de Dios”.

Galería de fotos

“El que cree en mí, aunque hubiera muerto, vivirá”, dice Jesús a Marta. “Todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre”. Y añade el Señor: “¿Crees esto?” (Jn 11, 25-27). Hoy, el Señor dirige esta pregunta, como tantas otras del Evangelio, a cada uno de nosotros. “¿Crees esto?”. ¿Crees que, no solo al final de tu vida sino en cada instante, también ahora, Dios piensa en ti y quiere que estés junto a Él? ¿Crees que vives continuamente en las manos de Dios, incluso cuando te parece que se ha olvidado de ti?

Recuerdo ahora una anécdota que contaba un médico al que, hace algunos meses, diagnosticaron una grave enfermedad. A los pocos días se encontró en el hospital con un colega que le preguntó, con la sinceridad con que se hablan los amigos: “Dime, ¿para qué te ha servido rezar tanto?”. Y él respondió: “Mira, rezar me ha ayudado a estar, en estos momentos, feliz, sereno, en paz, yo y toda mi familia; confiamos completamente en Dios y aceptamos su voluntad”. El amigo, que no era creyente, se dio la vuelta al borde de las lágrimas y se despidió diciendo: “¡Qué bueno es tener fe en Dios!”.

Poco a poco, nos dejamos conquistar por el Señor, aprendemos a abandonarnos en sus manos

Sí, qué bueno es tener fe en Dios...: sobre todo, porque la belleza de la fe no está en un consuelo fácil que se obtiene leyendo o escuchando cada cierto tiempo alguna consideración, pero que desaparece cuando se vuelve luego a la cruda realidad de todos los días, con sus preocupaciones e imprevistos. La belleza de la fe está en el abandono en Dios, en comprender que estamos en sus manos, una actitud interior que tiene que crecer día a día en nosotros, con serenidad. Y crecerá especialmente al ritmo de nuestra oración: si dedicamos cada día unos minutos a la oración personal, al diálogo con Dios. También cuando nos parezca que no tenemos tiempo para Dios; también cuando pensemos que no sabremos qué contarle. De esta manera, poco a poco, nos dejamos conquistar por el Señor, aprendemos a abandonarnos en sus manos. Y entonces podemos confiarle tantas cosas, incluso en mitad del tráfico, del trabajo intenso, en la vida familiar o durante el descanso.

“Los que confían en Él comprenderán la verdad, los que son fieles en el amor permanecerán junto a Él” (Sab 3, 9). El fragmento del libro de la Sabiduría que hemos escuchado nos habla de los justos que partieron de este mundo; pero lo hace mirando atrás, recapitulando sus vidas. Por tanto, habla igualmente de nosotros, del camino en el que nos encontramos. También estas otras palabras nos resultan muy cercanas: “Dios los puso a prueba y los encontró dignos de Él. Los probó como oro en el crisol, los aceptó como sacrificio de holocausto” (Sab 3, 5-6).

¿Crees que, no solo al final de tu vida sino en cada instante, también ahora, Dios piensa en ti y quiere que estés junto a Él?

Detengámonos un momento en esta hermosa imagen: el crisol, es decir, la parte inferior del horno en el que el metal precioso se separa de la escoria, resultando así más puro. La purificación a través del fuego simboliza un camino marcado por dos realidades: el sufrimiento y el amor. Sufrimiento que el amor de Dios permite en nuestra vida, de formas tan variadas; sufrimiento que a veces causamos con nuestros pecados o nuestras limitaciones; sufrimiento que puede servir para despertar en nosotros el amor, para purificar el oro que Dios ha puesto en nuestro corazón; para purificar nuestro amor de la escoria del egoísmo, del orgullo, escoria de la que a veces no nos damos cuenta, pero que disminuye nuestra alegría porque levanta obstáculos entre nosotros y Dios, entre nosotros y los demás. Y Dios, ¿cómo transforma el sufrimiento en amor? A través del diálogo constante que desea mantener con nosotros, con tal de que nosotros estemos dispuestos a abrirnos a Él.

En una de sus últimas cartas pastorales, don Javier escribió: “La paz interior no pertenece a quien piensa que todo lo cumple bien, ni a quien se despreocupa de amar: surge en la criatura que siempre, incluso cuando cae, vuelve a las manos de Dios”[1]. Pidamos al Señor, por tanto, que le permitamos purificar nuestro corazón, con confianza, aunque a veces no comprendamos sus caminos (cf. Is 55,8). Pidámoselo ahora, en estos días de preparación a la Navidad. Hoy, fiesta de la Virgen de Guadalupe, confiemos este deseo a santa María, que también está junto a nosotros, como dijo a Juan Diego y como hizo comprender a don Javier, especialmente el último día de su vida en esta tierra: “¿No estoy yo aquí, que soy tu madre?”[2].


[1] Javier Echevarría, Carta pastoral de noviembre 2016.

[2] Nican Mopohua, 119.