San Josemaría en los páramos de Imbabura

Tengo una familia numerosa, siempre he buscado actividades que podamos compartir intensamente. Montar a caballo es uno de los deportes que nos permite aprovechar al máximo el tiempo juntos. Siempre le he encomendado a San Josemaría que nos proteja en estas aventuras.

Personas del Opus Dei

Tengo una familia numerosa lo que implica que siempre he tenido que estar corriendo de un sitio a otro para cuidar de todos. Desde que mis hijos eran pequeños he buscado actividades que podamos compartir, aprovechando al máximo el tiempo juntos. Descubrí que montar a caballo es uno de los deportes que nos permitía cumplir esta meta. Mis hijos siempre han tenido una especial simpatía por los caballos. Practicar equitación nos ha dado la oportunidad de conocer, cuidar y respetar a estos animales; pero, sobre todo, disfrutar de una actividad divertida, al mismo tiempo que ejercitamos el cuerpo, y se adquieren valores fundamentales para la vida diaria.

Listo para empezar una cabalgata con mis hijos y sus amigos.

Ahora, que mis hijos han crecido, seguimos con el hobby, pero se han ido sumando los nietos y muchos amigos. Desde hace algunos veranos hemos hecho expediciones a los páramos que existen abundantemente en Ecuador.

Mi hijo Xavier, que hoy tiene cuarenta y dos años, hace tiempo hizo una cabalgata con unos amigos, salieron desde Cayambe viajaron siete días por los páramos de Imbabura. Fue una experiencia inolvidable, pero lo que más le gustó fue un asentamiento indígena en la mitad del páramo, Xavier quedó prendado de este sitio ubicado cerca de un lago de 2.500 metros de largo; pronto su ilusión fue contagiosa y pasó a convertirse en una de las cabalgatas más esperadas por todos.

Algunos de mis hijos y sus amigos en los páramos de Imbabura.

Esta pequeña comarca cuyas casas son de adobe y con techo de paja, es auto suficiente, sus habitantes han aprendido a abastecerse por sí solos, pues para llegar allí se necesita unas ocho horas a caballo, siempre y cuando el tiempo lo permita pues hay que cruzar páramos donde no hay absolutamente nada para resguardarse, ni protegerse de las tremendas tempestades de rayos que caen durante la mayor parte del año.

En este precioso escondite en las alturas de la serranía ecuatoriana, reposa un cuadro de San Josemaría, que ha sido el patrono al que he encomendado siempre esta aventura.

El nombre del asentamiento es Piñán y está localizada en las faldas del nevado Cotacachi que se levanta hasta los 4.939 metros sobre el nivel del mar. La comarca goza de un clima templado-frío y está rodeada de un entorno natural formado por suaves e imponentes montañas. Su población no pasa de unas doscientas cincuenta personas que viven felices, lejos del tráfico y del ruido de las ciudades.

Rezando la oración de la estampa con toda la comunidad.

Hasta hace dos años no disponían de ningún sitio para rezar o celebrar la Misa. Ahora gracias a la generosidad de mi consuegro y a varios de los viajes que hemos hecho con mis hijos y amigos, hemos terminado de acondicionar una pequeña capillita, donde un sacrificado sacerdote sube a celebrar Misa cada cierto tiempo. Allí, en este precioso escondite en las alturas de la serranía ecuatoriana, reposa un cuadro de San Josemaría, que ha sido el patrono al que he encomendado siempre esta aventura.

En la capilla de Piñan, junto a la imagen de San Josemaría. Hemos repartido cientos de estampas en la comunidad.

Tenemos muchos amigos en Piñan, son personas llenas de virtudes. Espero haber conseguido difundir la devoción a San Josemaría pues se han distribuido muchísimas estampas, incluidas algunas en “quichua”. Estoy seguro que nuestro Padre ya habrá hecho varios favores a la buenísima gente que habita en esos parajes.

Las excursiones a Piñan se han convertido en una nueva forma de pasar con mis hijos tiempo de calidad y es tan divertido que se cada vez se amplía el grupo, con más nietos y sus amigos.